Durante la “oprobiosa dictadura”, las vendimias eran una fiesta, donde se reunían para cortar las uvas, el padre, la madre, los hijos, los abuelos, los nietos, los sobrinos, los primos, los amigos, en armonía y con una comida campera si el tiempo lo permitía y absolutamente nadie, se metía contigo. Hoy las vendimias se han convertido en un calvario, una amargura, por obra y gracia de los inspectores de trabajo, que no permiten que nadie de familia ni los amigos te ayuden.
Todo muy legalista, claro. Y si se te ocurre quemar una gavilla de sarmientos para asar unas chuletas, aparecen los del Seprona y seguro que no puedes asar las chuletas pero te “asan” a ti con una multa de mucho cuidado. Todo con el afán de destruir la sana convivencia y sobre todo, recaudar.
